La casa de los tubos, como se empezó a conocer, quedó grabada en la memoria colectiva del pueblo. A pesar de su diseño innovador, su estructura tubular que permitía una circulación sin barreras y su objetivo noble de dar libertad a la hija del hombre, la casa cargaba un aura inquietante. Algunos decían que las paredes parecían susurrar en las noches más frías, y los que se atrevían a acercarse decían que sentían una presencia extraña, algo inexplicable en el aire.

La leyenda continuó, y con el paso de los años, la historia de los albañiles que murieron durante la construcción se fue distorsionando, convirtiéndose en parte de un misterio sin resolver. Se decía que el primer albañil había caído de una de las estructuras tubulares, pero que su caída había sido un accidente. Sin embargo, el segundo, un joven muy supersticioso, había estado inquieto desde que comenzaran los trabajos. Relataba haber escuchado extraños ruidos por las noches, y de vez en cuando, veía sombras moverse entre los tubos como si alguien más estuviera ahí, vigilando.

El día de su muerte, mientras trabajaba en la parte más alta de la construcción, un grito desgarrador rompió el aire. "¡No quieren que estemos aquí!", exclamó, antes de caer al vacío. Desde entonces, se decía que su espíritu rondaba la casa, buscando venganza o simplemente tratando de advertir a los demás. Nadie quería vivir en la Casa de los Tubos, ni siquiera la hija del hombre que la había mandado a construir. Aunque ella no había sido testigo de la tragedia, muchos decían que los ecos de aquellos gritos aún retumbaban por los pasillos. Incluso los trabajadores que iban a repararla o mejorarla decían sentir una presión extraña, como si alguien los estuviera observando desde las sombras de los tubos.

La hija del hombre, ya adulta, decidió vivir allí, a pesar de las advertencias de los demás. Nadie podía culparla, pues la casa representaba el esfuerzo y amor de su padre por darle una vida más libre y cómoda. Sin embargo, con el paso del tiempo, se comenzaron a escuchar historias extrañas. Un vecino contó haberla visto una noche, mirando por la ventana con una expresión vacía, como si estuviera observando algo que nadie más podía ver. Otros afirmaban haber oído risas de niños o susurros al caminar cerca de la casa, aunque nadie la veía salir o recibir visitas.

La gente del pueblo empezó a alejarse, y la Casa de los Tubos fue quedando deshabitada. Con el tiempo, el lugar se convirtió en una ruina, pero muchos aseguraban que no importaba cuán deteriorada estuviera, la casa nunca dejaría de tener vida propia. A medida que pasaron los años, la leyenda se tejió con otras historias y el mito de los albañiles continuó, convirtiéndose en una advertencia para aquellos que se atrevieran a desafiar la maldición que, según los rumores, aún acechaba la estructura.


Así, la Casa de los Tubos permanece, un símbolo de sacrificio, amor y misterio, atrapada entre el pasado y lo sobrenatural, esperando que alguien desvele finalmente su verdad… o que se quede allí, para siempre, guardando su oscuro secreto.