En un pequeño pueblo rodeado de montañas y cubierto por un manto de niebla, se encontraba una antigua escuela de piedra. En ella, vivía el maestro Martín, conocido por su cabeza completamente calva y su mirada penetrante que dejaba a los niños en completo silencio cuando les dirigía la palabra.

Los rumores sobre el maestro Martín eran tan oscuros como la noche que envolvía el pueblo. Se decía que había vivido allí desde hace mucho tiempo, enseñando a generaciones tras generaciones de niños, sin envejecer un solo día. Algunos afirmaban haber visto sombras extrañas rondando su casa por las noches, susurros que emergían de las aulas vacías y pasillos que crujían aunque nadie los pisara.

Un día, un niño valiente llamado Mateo decidió investigar. Escabulléndose después de clases, se coló en el sótano prohibido de la escuela, donde se decía que el maestro Martín guardaba antiguos libros de hechicería y artefactos misteriosos. Al entrar, el aire se volvió pesado y frío, Mateo sintió la presencia de algo más allá de la comprensión humana.

Fue entonces cuando vio una figura alta y delgada, con la cabeza brillante como una luna llena, acercándose lentamente hacia él. Era el maestro Martín, con una sonrisa siniestra en su rostro.

—¿Qué haces aquí, Mateo? —preguntó con voz calmada pero cargada de un poder.

—Yo… yo solo… quería saber qué es lo que ocultas aquí, maestro Martín —balbuceó Mateo, retrocediendo lentamente.

El maestro Martín se acercó más, y sus ojos brillaban con un destello maligno.

—Aquí no hay nada para ti, niño curioso. Solo secretos que mejor no perturben tu mente joven y despreocupada —dijo con voz grave y profunda.

Pero Mateo no podía moverse. Una fuerza invisible lo mantenía clavado en el suelo, mientras el maestro Martín levantaba una mano arrugada y susurraba palabras antiguas en un idioma olvidado por el mundo exterior.

De repente, las sombras cobraron vida, retorciéndose y danzando alrededor de ellos como seres vivos. Mateo gritó, pero su voz se perdió en el vacío mientras las sombras se acercaban más y más, envolviéndolo completamente.

Al día siguiente, los lugareños encontraron la escuela en silencio, con las ventanas rotas y las puertas abiertas de par en par. En el sótano, descubrieron los restos de Mateo, petrificados como si hubiera envejecido mil años en una sola noche. Y en el centro de la habitación, había un espejo antiguo con el reflejo del maestro Martín, sonriendo con malicia y desapareciendo lentamente en la niebla que rodeaba el pueblo.