Había una vez un caballo blanco que tenía un sueño: llevar a pasear a una hormiga negra. Había llevado de paseo a señoras y señores, a nenas y a nenes pero nunca a una hormiga. Las hormigas se acercaban y él se quedaba quieto, esperando que confundieran su pata de caballo con el tronco de un árbol. Pero las hormigas son muy inteligentes y con sus antenas se dan cuenta de todo. Sabían que no era un árbol y se volvían a marchar.
Un día de otoño el caballo estaba descansando bajo un ciruelo y le cayó encima una hoja. Se sintió muy feliz con la esperanza de que alguna hormiga subiera para transportar la hoja al hormiguero. Entonces aprovecharía y la llevaría a pasear. Primero al paso, y después al trote. Pensaba qué bien quedaría la hormiga negra sobre su lomo blanco. A él siempre le habían gustado las hormigas. Hasta les perdonaba que pelaran las plantas y los árboles. Y así sucedió.
Una hormiga joven, negra, muy negra, alzó sus antenas, descubrió la hoja en el lomo del caballo y se dijo: esta hoja es para mí. Subió velozmente por la pata del caballo, llegó hasta la hoja y comenzó a trabajar, cortándola con sus mandíbulas porque era muy grande para transportarla entera. En ese momento, despacito, despacito, el caballo se movió. Adelantó una pata y giró la cabeza hacia atrás para ver qué es lo que hacía la hormiga. Ella dejó de cortar la hoja y permaneció en suspenso, muy atenta. El caballo movió la otra pata. ¡Qué susto el de la hormiga! Comenzó a temblar. Se mueve la tierra, pensó. ¡Ay, me caigo! Y se aferró con sus seis patitas al lomo. Pero no se cayó. El caballo relinchó para tranquilizarla. Y era un lindo relincho, como una carcajada de caballo. La hormiga se dio cuenta de que no corría peligro porque el movimiento era suave, y el lomo del caballo caliente.
Para ella era una mole blanca. No sabía siquiera que el caballo se llamaba caballo, pero cuando el caballo relinchó, se dijo: esta mole debe llamarse caballo. Y el caballo, que sabe tanto como la hormiga, comprendió que ella ya no estaba asustada y dio un pasito, dos, tres, y luego arrancó trotando.
La hormiga olvidó rápidamente su susto. Qué hermoso era estar allí arriba, viendo a la tierra chiquita, como desde la copa de un árbol, ¡y cómo se recorrían inmensas distancias! Era como viajar en cohete, pensó la hormiga, que en estas cosas se equivocaba bastante. Se bajó un poco mareada y hasta olvidó llevarse la hoja que había cortado.
Al día siguiente, cuando asomó la cabeza del hormiguero y descubrió al caballo comiendo pasto a la sombra, corrió tan apurada hacia él que tropezó y se hizo un chichón sobre la frente. Pero ni siquiera gritó, siguió corriendo. Al verla, el caballo lanzó un relincho y esta vez adelantó la pata, inclinándola para que subiera más cómoda.
La hormiga aprendió muy pronto a andar a caballo. Como los chicos hábiles cuando van en bicicleta, se atrevió a hacer acrobacias. Primero se paró sobre el lomo del caballo en cuatro patas, después en dos, y finalmente, con el cuerpo en el aire, se sostenía de una sola y saludaba con las cinco restantes. A veces paseaba quieta, como una dama mirando el paisaje, y a veces se enloquecía y lo miraba al revés, apoyada en la cabeza.
Así, todos los días la hormiga salía al encuentro del caballo que la esperaba bajo el ciruelo. Ágilmente se trepaba por la pata hasta el lomo y paseaban un rato juntos, la hormiga contenta de haber descubierto una mole que se llamaba caballo, y el caballo contento de haber cumplido su sueño de tener una hormiga negra, muy negra, sobre el lomo blanco.


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